Cuando el sol descendía soltando sus sombras, ella se sentaba
en el viejo sillón de mimbre junto a la lámpara amarillenta y esperaba….no
sabía exactamente qué esperaba…tal vez una risa entrando desde la cocina…un
sonido de copas, algo, cualquier cosa capaz de romper aquella quietud que se
había instalado como polvo sobre los muebles.
Había noches en que abría los armarios solo para sentir el
olor antiguo de la ropa guardada. Otras veces recorría con los dedos
fotografías descoloridas donde aparecían playas, hoteles sin lujos en medio de carreteras
infinitas y fiestas…esas que nunca parecían terminar y donde podía ver esos ojos
brillantes y ahora ausentes...
Bailaba sobre mesas improvisadas.
Cantaba desafinando.
Llenaba la casa de amigos.
Decía “sí” a cualquier viaje aunque no hubiera dinero suficiente.
Dormía poco.
Reía fuerte…
Qué extraña se volvía ahora esa
ausencia.
Porque no dolía como duele la muerte;
dolía como duelen las ciudades demolidas. Como cuando uno regresa al lugar
donde fue feliz y encuentra solamente ruinas cubiertas de hierba. Algunas
madrugadas ella caminaba hasta el espejo del pasillo y se observaba largo rato,
intentando descubrir en qué momento aquella persona comenzó a desaparecer.
Tal vez ocurrió lentamente.
Entre las despedidas.
Entre las cunas vacías.
Entre las mudanzas.
Entre los años dedicados a cuidar un amor bueno y verdadero que la sostuvo
hasta el último invierno.
Pero la verdad era otra…La ausencia
había comenzado mucho antes…Mucho antes de la viudez…Mucho antes del silencio, porque
quien realmente se había ido era aquella mujer luminosa que corría descalza
hacia el mar, la que organizaba fiestas improvisadas con vino barato y
canciones eternas, la que hacía maletas en una hora y partía sin miedo hacia
cualquier horizonte.
Ahora solo quedaba esta mujer serena,
envuelta en mantas, acomodando recuerdos en cajones, mientras afuera el mundo
continuaba girando sin ella.
Y, sin embargo, algunas tardes, cuando el viento movía apenas las cortinas y la luz dorada del atardecer tocaba el sillón vacío frente al suyo, juraba ver regresar a la gitana que fue...joven...invencible...riendo otra vez desde algún rincón intacto del tiempo.

Que lindo y real he sentido tú relato, gracias por dejarnos pinceladas de ese sentir tuyo tan grande y rico en recuerdos.
ResponderEliminarUn besote por esa mujer sentada en ese sillón.
😘😘🌹🦋