Se
posan las alas de colores cerca,
al
borde de la piel, en el aire ligero,
sentada
disfruto del paso del tiempo
y
del silencioso regalo del suave aleteo…
Vuelan
fuera, constantes, las mariposas,
dibujando el deseo que a otras desvela;
yo las miro pasar, distantes y hermosas,
sin que el vientre las sienta,
sin
que el alma me duela…
Se
acabó el padecer en las llamas ajenas,
esa fiebre de esperar lo que nunca llegaba;
ya no cuento los pasos, ni arrastro cadenas
de
relaciones fantasmas perdidas y olvidadas…
No
busco el asombro en ojos extraños,
busco
belleza y detalles que antes dejaba pasar
desapercibidos
por las prisas de mis apasionados años
en
la paz de saber que no debo esperar…
Qué
dulce es el aire cuando no hay ansiedad,
cuando
el teléfono duerme y el pecho descansa;
he llegado a la cima de mi propia verdad,
donde el agua es profunda, clara y es mansa.
Ya
no soy la que espera, soy la que observa,
la
que habita su cuerpo como un templo sagrado;
sin
deudas pendientes, sin miedo en reserva,
amando el presente... y el fuego olvidado.





