Este jueves, antes
de dejar mi aporte, les pido una oración para que mi amada Venezuela pueda afrontar tan difícil momento…una oración por las almas que se fueron y por las familias
que quedaron…Gracias. Esta historia va por ellos en este jueves de relatos propuesto por Artesanos de la palabra
Nadie imaginó que el retumbar de los tambores de San Juan sería el anuncio de un estruendo mucho mayor, uno tan antiguo y devastador, como las trompetas que derribaron las murallas de Jericó….Mientras los cuerpos sudorosos bailaban al son de los cueros, el cielo comenzó a parpadear con destellos rojizos, azulados y verdosos, como si sus heridas se desgarraran en el cielo sobre nosotros y entonces, la tierra rugió y se sacudió como queriendo hacernos entender que no pertenecemos a este lugar...
Yo permanecí sujeta a la reja de mi balcón en el piso veintidós, mirando desde esa extraña
prisión que son los años. Hace tiempo hubiera bajado aquellas escaleras sin
mirar atrás; hoy, cada peldaño era una montaña imposible y las rejas, que
durante décadas me protegieron, se convirtieron en los barrotes desde donde
contemplaba el fin de mi mundo.
Una inmensa nube
de polvo devoró las calles. Los edificios comenzaron a doblarse como árboles
vencidos por un viento invisible. A lo lejos vi uno de los hoteles más
emblemáticos inclinarse lentamente hasta
desaparecer de mis ojos…Entonces recordé el deslave de hacía más de
veintiséis años.., aquel año que la muerte murmuró mi nombre, pero, por cosas que solo la muerte sabe, decidió
esquivarme y seguir de largo…
Sonreí…todo este
tiempo pensé que me había olvidado. Qué ingenua fui. La muerte nunca olvida;
solo espera…
Abajo, la ciudad
era un hormiguero sacudido por la furia. Los carros desaparecían bajo montañas
de concreto. Vi niños correr en todas direcciones buscando unos brazos donde
refugiarse y desde los tejados llegaban gritos que el polvo intentaba
silenciar.
Quise bajar…Veintidós
pisos, pensé….
Mis piernas ya no
podían seguir el ritmo de mi corazón…Apoyé la frente sobre la reja y miré por
última vez el mar. Seguía allí, inmenso, indiferente, recordándome que los
hombres apenas somos espuma sobre el agua.
El edificio dejó escapar un suspiro largo, antiguo…como si durante años hubiera cargado sobre sus hombros nuestros sueños y al fin hubiera decidido descansar...
De pronto, sentí que el suelo se volvía blando bajo mis pies. No intenté correr…Ya había corrido suficiente en la vida. Entonces comprendí que no era yo quien caía, era mi ciudad la que descendía lentamente hacia el silencio…
No me resistí y me dejé abrazar por ella.




